domingo, 26 de junio de 2011

Otro final de Dzhan, de Andréi Platónov

Andréi Platonov. Dzhan (final de otra versión)
Traducción de Fulvio Franchi
“Se conocieron tres versiones del final de Dzhan, en la primera edición (año 1964 en la revista “Prostor”) el relato termina en medio del capitulo 16 y en el momento más agobiante, cuando el pueblo dzhan se dispersa en diferentes direcciones para buscar la felicidad “más allá del horizonte”. Este final pesimista fue concebido inicialmente por el autor, según lo atestiguan las notas en la versión mecanografiada. “El autor hará otra variante de la segunda mitad del relato, precisamente el pueblo dzhan alcanzará un estado de bienaventuranza realmente posible para el hombre contemporáneo”. Es digno de resaltar que esta publicación se realizaba en Asia Central, en Kazajstán; el nombre de la revista significa “espacio vasto, amplitud”. La segunda variante del final, que es la que circula, agrega la partida de Chagatáiev y Aydim a Moscú. La tercera comprende el significativo añadido narrativo de tres capítulos más, de 46 páginas, entre esas dos escenas. En esta versión Chagatayev sale en busca del pueblo pero encuentra sólo a Sufian, y de regreso al Ust-Urt se entera de que el pueblo dzhan ha regresado solo y, además, han llevado consigo “nuevos parientes”. Recién después de esta reunificación, Chagatáyev y Aydim parten hacia Moscú”.
Extraído de: Nariman Skakov: “Los espacios de Dzhan, de Andréi Platónov”.
A continuación ofrecemos la traducción del final de esa tercera versión, que debe leerse a continuación del final de la versión de Alianza Editorial, que responde a la primera versión a que alude Skakov. 
Edición:
Andréi Platónov: Los descendientes del Sol. Cuentos y relatos. Moscú, Pravda, 1987.
Versión digital: “Im Werden Verlag”, 2004. http://www.imwerden.de
Regresó lentamente y por el camino lloró.
Todo le parecía que, a pesar de todas las desgracias, aquí había o comenzaba una vida feliz, y ella era posible para el pequeño pueblo de cuatro cabañitas, tanto como en otro horizonte de la tierra. Sacó de la nieve un arbusto de cardo corredor y lo llevó a la casa donde yacía su madre. Ahora Chagatayev también se despedía de ella en el camino, como alguna vez en su infancia lo hiciera ella de él.
Aidim estaba sentada sola en un rincón frente a la anciana muerta. Le temía y le resultaba interesante observar en ella que ya se había vuelto invisible.
- Nazar, ¿quieres que llore por ella? – preguntó Aidim.
- No hace falta, - dijo Nazar. – Dale de beber a la oveja. ¿Alguien se despidió de ti?
- No, estaba durmiendo, - respondió Aidim. – El Viejo Vanka me dijo, cuando me iba…
- ¿Qué dijo?
- Adiós, muchacha, dijo, todavía las piernas caminan un poco y el hígado respira, llegó el momento de vivir. No dijo nada más.
- ¿Y tú qué?
- Y yo nada… Le dije que las piernas de los burros también caminan.
- ¿Por qué, de los burros?
- Por su acaso se lo dije.
Aidim fue a ocuparse de las ovejas, y Chagatayev tomó la pala y se dirigió a cavar una tumba a la meseta. Regresó a la noche y llevó a su madre a la tierra; mientras, Aidim arreglaba la cálida habitación donde se había alojado todo el pueblo que ahora se desplazaba hacia un lugar desconocido. Aidim se echó a reír: hasta el ciego Molla Cherkesov se fue, ¿acaso sus ojos habrían visto algo después de comer tanta comida?...
17
Chagatayev y Aidim decidieron pasar el invierno en las cuatro casas de adobe… Chagatayev, privado de repente de todas las personas por las cuales él se había preocupado, caminaba ahora en soledad por los desiertos montes del Ust-Urt. Aidim preparaba la comida, remendaba la ropa, recogía las ovejas o hacía alguna otra tarea doméstica – para los dos parecía que el trabajo fuese menor que para todo el pueblo dzhan – y de tanto en tanto ella salía afuera a observar, para que Nazar no se alejase, porque seguramente a él le resultaba aburrido vivir sólo con Aidim. Pero Chagatayev no extrañaba mucho al pueblo que huía; él estuvo muchos días vagando, sorprendido de resultarle innecesario a su país y la gente de la misma tierra que él lo echasen en el olvido en su memoria, abandonándolo a él y a la más pequeña, a su única hija, como a huérfanos en el desierto. Chagatayev no comprendía el olvido indiferente, definitivo; recordó a la gente desconocida, muerta hace tiempo – incluso a aquellos que no le fueron útiles y que no lo conocieron – pues de otro modo si los que han muerto y desaparecido pronto se olvidan, entonces la vida resulta sin sentido y dolorosa: entonces sólo quedará recordar sólo a sí mismo. Sin embargo, Chagatayev no podía tolerar la pena de la soledad y la separación durante mucho tiempo; intentaba acostumbrarse a las circunstancias: a Aidim, a las ovejas, a las casas abandonadas, a los animales pequeños que habitan por todas partes en la naturaleza, a los arbustos ateridos.
En las cuevas apartadas y cálidas de los barrancos, Nazar encontraba tortugas durmiendo y las llevaba a casa. Algunas de ellas se protegían del invierno, entrando en calor, y se reanimaba, otras se quedaban a vivir durmiendo, juntando fuerzas para el próximo, largo verano… Chagatayev sentía con asombro que se puede vivir juntamente sólo con los animales, con las plantas silenciosas, con el desierto en el horizonte, si se tiene en la choza cercana aunque sea una sola persona, aunque ésta sea un niño como Aidim. Y aquí, en la pobre naturaleza del Ust-Urt, en el antiguo fondo del Sary-Kamysh, existe un importante tema para la completa vida humana. No puede ser que todos los animales y plantas sean miserables y tristes – esta es su falsedad, un sueño o una torturante fealdad temporal. De otra manera hay que admitir que solamente en el corazón humano se encuentra una verdadera inspiración, pero este pensamiento es despreciable y vacío, porque también en los ojos de las tortugas hay meditación, y en el endrino hay fragancia, lo que significa un gran mérito interior de sus existencias que no fue necesario para completar el alma del hombre. Quizás, ellos exigen una gran ayuda de parte de Chagatayev, pero la superioridad, la condescendencia y la lástima no las necesitan…
Por las tardes, Aidim encendía la lámpara. Se sentaba en una silla frente a Nazar y se ponía a hacer algo que no llegaba a hacer durante el día: peinaba su pelo negro y brillante, se hacía una alfombra con viejos trapos y retazos de sacos, observaba con una sonrisa las ilustraciones de los libros, sin comprender qué representaban, o simplemente lo observaba a Chagatayev, sin quitar de él sus ojos, y tratando de adivinar en qué pensaba él: si en ella o en otra cosa.
- Nazar – preguntó Aidim en una larga tarde, - Nazar, ¿para qué vivimos? ¿Estaremos bien después de esto?
- ¿Y ahora conmigo te sientes mal? – le preguntó Nazar.
- No, ahora estoy bien, - pronunció Aidim y humedeció el zurcido con sus labios. – Yo simplemente lo dije para mí, porque tengo algo para decir en la boca…
Sus abiertos ojos grandes y oscuros estaban llenos de la brillante fuerza de la infancia y de la juventud que comenzaba, ellos observaban a Chagatayev con crédulo interés y ellos mismos constituían un objeto de alegría si se los miraba desde un lado. Incluso si hubiese traicionado la confianza de Aidim, ella igualmente hubiese perdonado su ofensa: ella necesitaba vivir más, y no podría consumirse largamente por ninguna tortura.
- Nazar, ¿qué es lo que espero siempre? – preguntó de nuevo Aidim. - ¿Por qué me parece tan importante, y luego no ocurre nada?... ¿Por qué me empieza a doler el corazón?
- Estás creciendo, Aidim, - dijo Chagatayev. – Quizás en tu cabeza aparece algo, que tu corazón te empieza a doler, no tengas miedo, sin esa tristeza no se vive.
- No se vive, - estuvo de acuerdo Aidim. – Pero yo no quiero que eso ocurra. A tu madre el corazón le dolía del hambre, ella misma me lo dijo… Quizás ahora tenemos otra tristeza, interesante, y no esa. Fastidia. Piensa algo (…)
Chagatayev atrajo a Aidim hacia él y la acarició, pasando su mano por toda su gran cabeza infantil.
- Enséñame a que yo mejor no piense, tengo miedo: ¡me parece terrible! – dijo Aidim.
- ¿Entonces no es por el hambre que te empieza a doler el corazón? - preguntó Chagatayev.
- No es por el hambre, - contestó Aidim. – Es por un sentimiento… Nazar, ¿por qué soy extraña?
- ¿Para quién eres extraña, Aidim? – preguntó Chagatayev.
- El pueblo vivía con nosotros, pero ahora se dispersó todo, - dijo Aidim. – Tú también pronto te irás, ¿quién me recordará entonces?
- No me alejaré de ti – dijo Chagatayev.
- Nazar, dime algo importante…
Aidim bajó la mecha de la lámpara, para consumir menos querosene. Ella comprendía que de cada vez que hay algo importante en la vida hay que conservar todo lo bueno.
- No sé nada importante, Aidim… - dijo Chagatayev. – Nunca pensé en ello, no tuve tiempo… Una vez tú y yo nacimos, para nosotros eso es algo importante…
Aidim estuvo de acuerdo:
- Sólo un poquito… pero no importante, hay mucho.
Aidim preparó para cenar, sacó un churek de un saco, lo untó con grasa de carnero y lo partió en dos: a Nazar le dio la parte más grande, ella se quedó con la más pequeña. Masticaron la comida en silencio frente a la débil luz de la lámpara. En el Ust-Urt y en el desierto estaba tranquilo, desconocido y oscuro.
Después de la cena, Chagatayev salió afuera para ver qué estaba ocurriendo en el mundo y para escuchar si no se sentía alguna voz humana en la oscuridad… ¿Por dónde andarían entonces el Viejo Vanka y Kara Chorma, acaso Molla Cherkesov vería aún la luz con sus ojos?
Aidim salió también de la cabaña y llamó a Nazar:
- Acuéstate a dormir, así apago la lámpara…
- Apágalo – respondió Nazar, - luego lo encenderé de nuevo.
- No, mejor que no: derrocharás los fósforos – dijo Aidim. – Acuéstate en la oscuridad.
Aidim se metió en la casa… Chagatayev se sentó sobre la tierra y miró a su alrededor. La débil noche pasaba sobre él; no había viento, las estrellas se mostraban en el cielo raramente, las cubría una niebla alta y liviana. Sólo quedaba nieve en los lejanos barrancos elevados del paso del Ust-Urt, el viento ya la había quitado de todas partes y la desgastaba el sol del mediodía. Pero en otro lugar, en el sur, se extendía su pobre desierto natal, cubierto por un cielo vacío; a veces, por un instante, el desierto era iluminado de repente por una desconocida luz titilante, y entonces aparecían las montañas, las ciudades, las poblaciones de la gente, la gran vida deslumbrante. Pero de todos modos ahora dormían allí las tortugas, la semilla, hierba del año siguiente, que sufría frío, y el viento del lugar se originaba en la arena y de regreso yacía en ella. Chagatayev se dirigió hacia abajo, acercándose al Sary-Kamysh, y gritó hacia la oscura extensión. Nadie le respondió desde allí, tampoco regresó su propia voz, el sonido se perdió al instante y desapareció.
Chagatayev regresó a casa. Aidim dormía debajo de una manta y no escuchaba nada, soñaba sus sueños infantiles y estaba ocupada con lo que veía dentro de sí misma. Nazar encendió la lámpara, la apoyó sobre la bolsa de los churek y se puso una chaqueta de algodón y un gorro papaja[1]. Después corrió la manta y observó el rostro de Aidim, estaba animado, atento, y sus ojos, no cubiertos del todo por los párpados, estaban en movimiento, observando los secretos sucesos de su alma.
- Aidim – le susurró Chagatayev.
Aidim abrió primero un ojo, luego el otro.
- Duerme, Nazar – le dijo ella.
- No, ahora no – respondió Chagatayev. – Iré a reunir al pueblo, volveré pronto.
- Vuelve muy pronto – respondió Aidim.
- No te aburras sin mí – dijo Nazar.
- No me voy a aburrir – le dijo Aidim. – Vete pronto, sino se debilitarán, ya corrieron y jugaron bastante, es hora de que regresen a casa.
Chagatayev tocó con su mano la cabeza de Aidim y se separó de ella, pero Aidim le ordenó que primero apagase la lámpara porque la noche todavía sería larga y la luz no la necesitaba.
Después de apagar la lámpara, Chagatayev abandonó la casa y se dirigió por la meseta del lado de Jiva. Después de echar una mirada, poco tiempo después, al lugar donde residía su pueblo, Chagatayev ya no pudo ver nada allí, y únicamente, inadvertida, quedaba entre todo el mundo y la naturaleza, sola, la niña Aidim que dormía. Pero eso no es nada, tenía un poco de tristeza, en la casa había arroz, harina, sal, kerosene, fósforos también, pero no logrará la felicidad y la paciencia en su corazón hasta que no haya regresado a su casa lo que quedaba del pueblo.
Chagatayev caminaba rápido; el amanecer lo sorprendió ya en un rincón perdido de Sary-Kamysh; pero el oscuro Ust-Urt, donde todavía era de noche, estaba ahora en la última lejanía y era hundido por su base detrás del borde de la tierra… En el tercer día de camino, Chagatayev llegó a Jiva. Allí había grandes bazares a los que llegaba la gente del desierto para observar el bien del comercio, comprar algo para la satisfacción de su necesidad extrema y para verse unos con otros. Nazar deseaba encontrar, en el bazar de Jiva, a gente de su tribu y llevarlos de regreso a casa. Ellos debían aparecer indefectiblemente en la muchedumbre de un pueblo extraño; necesitaba escuchar los rumores y las conversaciones, sentarse en un salón de té, sentir nuevamente su dignidad y pensar en la vieja canción que cantan y representan los bajshi con su dutar. En las viviendas de adobe en el Ust-Urt era todavía poco común y cotidiano, pero sin ella el hombre no puede vivir en ninguna parte.
Chagatayev apareció en el bazar de Jiva cerca del mediodía. El sol, que ya se dirigía hacia el verano, iluminaba bien la tierra llena de basura del bazar, y la calentaba. Alrededor del bazar se erguían los muros de las viviendas, cerca de sus muros de arcilla estaban sentados los comerciantes junto a sus tiendas, extendidas por la tierra. En medio de la plaza, sobre bajas columnas de madera, tenía lugar también el comercio de los bienes del desierto. Aquí había damascos en bolsas medianas, melones resecos, pieles de gordas ovejas, oscuras alfombras tejidas por las manos de las mujeres en su larga soledad, con las imágenes de todos los destinos del hombre con la forma de un triste dibujo repetido; además la fila completa estaba llena de pequeños atados de leña de saxaúl y más lejos se sentaban los ancianos sobre la tierra, ellos ponían enfrente unos viejos piatak[2] y monedas desconocidas, botones de hierro, chapas de lata, ganchos, trozos de hierro, escarapelas de soldados, caparazones de tortugas, lagartijas disecadas, azulejos de antiguos palacios enterrados, y esos viejos esperaban el momento en que apareciesen compradores y les comprasen mercancías para sus necesidades. Las mujeres comerciaban chureks, medias de lana trenzada, agua para beber y ajos del año anterior. La mujer que vendía algo le compraba a los viejos, para sí, una chapa de lata para adornar su vestido, o un pedazo de azulejo para regalárselo a su hijo para que juegue, y los viejos, cuando recibían dinero, se compraban chureks, agua para beber o tabaco. El comercio marchaba así, sin pérdida ni ganancia; la vida, en todo caso, pasaba, olvidada entre la concurrencia y las distracciones del bazar, y los viejos estaban satisfechos. En algunos muros ubicados alrededor del bazar y en sus patios interiores se encontraban las casas de té; allí resonaban ahora enormes samovares y la gente sostenía sus viejas conversaciones entre sí, su charla eterna, como si no les alcanzase la inteligencia para llegar a una conclusión definitiva y callar. Un uzbeko marrón de edad madura fue a una casa de té; llevaba un baúl en la espalda, revestido con hierro en las puntas, y Chagatayev recordó a este hombre: él lo había visto en su infancia, y el uzbeko ya era marrón y viejo. Iba por los aúles y las ciudades con sus instrumentos y materiales en el saco y arreglaba, estañaba y limpiaba samovares en todas las casas de té; el hollín y el tizne del trabajo, el viento del desierto en las lejanas travesías había penetrado en el rostro del hombre y lo había vuelto marrón, áspero, sin expresión humana, y el pequeño Nazar se asustó del desértico maestro de samovares cuando lo vio por primera vez. Pero el uzbeko obrero se inclinó primero hacia el niño, le regaló un clavo doblado de su cartera y partió con rumbo desconocido hacia el Sary-Kamysh; quizás, en algún lugar en las lejanas arenas se había apagado un samovar. Cerca de un tacho de basura, apoyada contra él, había una muchacha turcomana; con su mano apretaba el velo contra la boca y miraba a lo lejos, por encima de la gente del bazar. Chagatayev miró también en esa dirección, y vio en el extremo del desierto, cerca de la tierra, una hilera de nubes blancas, o quizás eran las alturas nevadas de Kopet-Dag y Parapamiz, o quizás no era nada, un juego de la luz en el aire que parecía imaginación de un mundo lejano. ¿En qué pensaría en ese momento el alma de esa muchacha, acaso antes que ella no han vivido personas mayores que debían pensar por ella sobre todo lo que es doloroso y misterioso, para que ella naciera en medio de una dicha ya dispuesta? ¿Para qué vivieron antes esas personas si ella, esa desconocida muchacha turcomana, está ahora desorientada por su pensamiento y por su angustia? Qué infelices que han debido ser sus padres, todo su pueblo, para no poder ayudar ahora, en absoluto, a su hija, vivieron inútilmente y murieron, y aquí está ella ahora, de nuevo sola, como estuvo antes su madre joven e indigente… El rostro de esa muchacha era agradable y confundido, como si estuviese avergonzada de que haya tan poco bien en el mundo: un desierto con nubes en el horizonte, y aquel bazar con lagartijas disecadas, como su pobre corazón, todavía no acostumbrado a la necesidad y a la paciencia.
Chagatayev se acercó a ella y le preguntó de dónde era y cómo se llamaba.
- Janom – respondió la turcomena, que en ruso significa muchacha o señorita.
- Ven conmigo – le dijo Chagatayev.
- No. se avergonzó Janom.
Entonces Chagatayev la tomó de una mano, y ella fue detrás de él.
La condujo a una casa de té y comieron juntos algo caliente, y después comenzaron a tomar té y tomaron tres tazas grandes. Janom se adormecía sobre el suelo en la casa de té; estaba agotada por la abundancia de la comida, le había resultado buena, interesante, y había sonreído varias veces cuando miraba a su alrededor, hacia la gente y hacia Chagatayev, ella conoció allí su consuelo. Chagatayev alquiló al dueño de la casa de té una habitación trasera y llevó a Janom, para que durmiese allí, al menos para que descanse.
Después de ubicar a Janom en la habitación, Chagatayev salió y estuvo caminando por la ciudad de Jiva hasta la noche, por todos los lugares donde afluía gente o deambulaba por sus diferentes obligaciones. Sin embargo, en ningún lugar encontró Chagatayev un rostro conocido de su pueblo dzhan; por fin decidió preguntarles a los viejos del bazar, a los guardias nocturnos, que salían cuando todavía había sol para vigilar los bienes de la ciudad, y a las demás personas públicas, sociales; ninguno de ellos había visto ni a Sufián, ni al Viejo Vanka, a Allah, ni a otro, y y decía cómo era el aspecto de alguno de ellos.
- Estuvieron algunas personas – respondió a Chagatayev un viejo guarda, de nacionalidad rusa. – No los tengo en cuenta: es Asia, no es nuestra tierra.
- ¿Cuántos años vivió usted aquí? – le preguntó Chagatayev.
El viejo pensó aproximadamente.
- Cerca ya de cuarenta años – dijo. – Por regla, en nuestro servicio habría que recordar a todos los que pasan: podría ser un ladrón; pero mi cabeza ya no me da, ahora vivo con una fuerza ajena, hijo; la mía la gasté hace mucho tiempo…
Tampoco otros viejos habitantes de Jiva o empleados le informaron nada a Chagatayev, como si ninguno de los del pueblo nómada de dzhan hubiese aparecido por ahí. Por el informe de una dependencia de la policía parecía que todas las almas que formaban el pueblo dzhan habían muerto aun antes de la revolución y no era necesaria ninguna otra inquietud por ellos.
A la noche Chagatayev regresó a la habitación de la casa de té. Janom ya se había despertado; estaba sentada sobre la cama y se ocupaba del trabajo doméstico: arreglaba los bajos de su vestido con un hilo que humedecía en la boca. Debía ser que todo lugar lo consideraba su casa y en seguida se acostumbraba a él; de otro modo, si ella hubiese postergado su necesidad y su preocupación hasta el momento en que tuviese su propia vivienda, se habría desgarrado y empobrecido por descuido y habría muerto por la suciedad de su cuerpo. Chagatayev se sentó junto a Janom y la abrazó; ella dejó de arreglar su vestido y quedó pasmada de miedo y expectativa. El bien de la vida futura, todavía no nacida, sin nombre, pero que ya había comenzado en ella, atravesó el corazón de Chagatayev con una sensación viva, feliz. Algo mejor que él mismo, más animado y noble, se consumía ahora dentro de Chagatayev, encendía su fuerza y lo alegraba. Observó a Janom; ella le sonreía con dulzura, pensativa, como si comprendiese completamente a Nazar y tuviese lástima de él. Entonces Chagatayev abrazó a Janom con los dos brazos, como si estuviese viendo en ella la personificación de lo que en él aún no se había realizado y no se realizaría, de lo que quedaría vivir después de él, en el aspecto de otro hombre, más alto, en una tierra mejor que la que había para Chagatayev. Felices, Janom y Nazar se estrecharon entre sí; la vieja noche cubría con su bruma la barrosa Jiva, en la casa de té se había acallado las voces de los parroquianos: uno de ellos se había ido a dormir, los demás se quedaron a pasar la noche en el lugar, y el dueño cerró el tubo del samovar con una tapa sorda, para que el carbón que aún no se había quemado terminara de consumirse en el tubo antes del día siguiente. Con la avidez de la extrema necesidad, Chagatayev amaba ahora de Janom, pero su corazón no podía fatigarse y en él no cesaba la necesidad en esa mujer. Él sólo se sentía cada vez más libre, feliz y puntualmente esperanzado en algo más esencial… Si Janom imprevistamente se durmiese, Nazarl a extrañaría y la despertaría para que ella esté nuevamente con él.
Sin haber dormido en toda la noche, Chagatayev por la mañana se levantó como un hombre alegre y descansado, pero Janom todavía durmió bastante, después de caer de la almohada sobre el costado de su cara agradable, confiada. Nazar miró su cabello, retuvo en su memoria su boca, la nariz, la frente, todo el encanto de esa persona querida para él, y se fue a la ciudad para buscar nuevamente a su pueblo.
El sol ya se había elevado desde el lado de China, y Chagatayev miró un poco hacia allá, por encima del desierto y de la estepa, hacia la oscura niebla en el oriente, donde se encuentra China. Allí desde hace ya mucho tiempo soñaban y trabajaban quinientos millones de pacientes pobres, ¡cuántos pensamientos y sentimientos había en sus almas, si fuese posible sentirlos de una vez en un único corazón!...
El viejo obrero uzbeko apareció en la plaza del bazar. Salía de un local donde antes se alojaba una caravana y pasaban la noche los camellos; ahí, seguramente, había pasado la noche y ahora se dirigía al trabajo.
Chagatayev le hizo una reverencia al artesano uzbeko y le preguntó si no había visto pasar a alguna persona del pueblo dzhan. El uzbeko miró a Chagatayev con sus ojos viejos y comprensivos: debe ser que él también reconoció en Nazar al antiguo niño al que alguna vez le regalara un clavo; que aunque fuese una vez lo tocó un sentimiento que el artesano de samovares no podía olvidar, como la vida no es larga no puedes olvidarte de todo.
- Vi a uno en Uch-Adyi – dijo calmo el uzbeko. – Estaba bailando música rusa, con armonía, en una casa de té.
- ¿Era el Viejo Vanka? – preguntó Chagatayev.
- El Viejo Vanka – dijo el obrero uzbeko.
- ¿Y tú ahora te estás yendo lejos? – preguntó Nazar.
El artesano se demoró en responder, no le gustaba hablar de sí mismo cuando no tenía la intención de hacerlo.
- Lejos – dijo el uzbeko, - me voy hacia Chardyui, allí voy a estudiar mecánica, conducen excavadoras, construyen canales; dejaré de trabajar con los samovares…
- ¿Pero cuántos años tienes? – se interesó Chagatayev. - ¿Podrás estudiar mecánica?
- Podré – respondió el artesano de samovares. – Tengo setenta y cuatro años, siempre viví una mala vida, ¿cuánto tiempo viviré bien?
- ¿Un año y medio? – preguntó Nazar.
- Puede ser – respondió el viejo.
Se despidieron. Chagatayev regresó a la casa de té y acordó con el dueño que alimentaría a Janom y la dejaría vivir en el alojamiento hasta que Chagatayev regresase, en unos diez o quince días. Pero el dueño le pidió por la alimentación de Janom dinero adelantado; en ese momento, necesitaba dinero en efectivo para sus intercambios comerciales. Chagatayev le prometió al dueño que le pagaría el adelanto y salió nuevamente hacia el bazar de Jiva.
Hacia el mediodía despertó a Janom, que dormía, y le dijo que viviría allí hasta que él regresase. Janom le sonrió con el rostro cálido, encendido por el sueño, y le ordenó a Nazar que se quede un poco con ella. Chagataev estuvo un rato con ella, y después dejó a Janom sola en la habitación de barro y se fue de Jiva. Al principio se dirigió hacia el lado sur del oasis de Jiva, y luego… allí se verá.
18
Tres días después Chagatayev pasó por el último aúl del oasis de Jiva. De nuevo frente a él se abría el desierto habitual; los cardos corredores eran arrastrados por el viento a través de los médanos de arena, el antiguo camino conducía a los lejanos pozos (…)
Chagatayev comenzó a correr hacia adelante por el camino desierto. Quería llegar al siguiente oasis antes de la noche de ese día, quizás allí apareciese alguno de los que él buscaba. ¿A dónde se estarían arrastrando todos? Su pensamiento era aún débil y triste, todos morirían en la indigencia y el enajenamiento, por las arenas y en aúles extraños… Ningún pueblo, ni siquiera el dzhan, puede vivir separadamente; las personas se alimentan unos a otros no sólo con pan, sino también con el alma, sintiendo e imaginando uno a otro; de otro modo, dónde pensarían gastar la tierna y confiada fuerza de la vida, dónde reconocer la dispersión de su tristeza y consolarse, dónde morir inadvertidamente… Al alimentarse con la imaginación a sí mismo, todo hombre pronto se devora su propia alma, se consume en la peor miseria y muere en un loco abatimiento.
Si Chagatayev no hubiese imaginado (…) como un padre, como una fuerza bondadosa, que conservaba e iluminaba su vida, no habría podido conocer el sentido de su existencia, y no habría podido vivir ahora con la sensación de la bondad de la revolución que en la infancia lo había preservado del desamparo y de la muerte de hambre y lo conservaba ahora con dignidad y humanidad. Si Chagatayev olvidase o perdiese ese sentimiento se confundiría, se debilitaría, yacería en tierra boca abajo y moriría…
En la ladera de un barján[3] había dos ovejas que se habían vuelto salvajes. Eran extrañas, parecían perros. Chagatayev pasó por delante de ellas, pero las ovejas lo siguieron, quizás a causa del hambre o de la sed, deseando que el hombre las salve, o quizás a causa de la larga soledad y desesperación. Pero pronto las ovejas no pudieron andar más y se quedaron, perdidas de nuevo en la orfandad de la naturaleza del desierto.
Hacia la noche, Chagatayev llegó a un pequeño aúl establecido en torno a tres pozos; aquí vivía gente del pueblo ersari, se alimentaban de lo que pescaban en el antiguo cauce del Amu Daria cuando hacia allí fluía el agua de las crecidas y llevaba peces; el resto del tiempo, los habitantes hacían dutaras para los bajshi cantores y las vendían en el desierto próximo y en Chardyui.
Chagatayev había oído de este aúl y lo había visto en su infancia; vivían allí buenas personas, porque fabricaban instrumentos musicales y para probar sus productos era necesario que frecuentemente se pusiesen a cantar canciones poéticas breves o graciosas.
Nazar entró al primer patio y golpeó a la puerta, pero la pero la puerta se abrió sola por el golpe. Sobre el suelo de arcilla de la habitación, cuatro personas estaban sentadas en la oscuridad. Uno de ellos golpeaba suavemente las cuerdas de dos dutaras y susurraba con voz ronca una vieja canción, y los otros lo escuchaban. Chagatayev se quedó parado junto a la entrada para no interrumpir la canción y la música hasta que terminase. La canción había conmovido visiblemente a todas las personas que estaban allí; ellos callaban, sin advertir al huésped extraño que había entrado. En la canción se hablaba de que todos los hombres tienen un sueño doloroso, un querido sentimiento insignificante, que lo hace diferente a todos, y por eso su vida le cierra al hombre los ojos al mundo, a las otras personas, al encanto de las flores que viven con la primavera en la arena…
Cuando terminó la canción, el viejo dueño de casa invitó a Chagatayev a sentarse junto a él y descansar. Cerca de él estaban sentados dos hombres jóvenes, probablemente sus hijos, y el tercero era el eterno Sufián. El dueño de casa, cuando terminó de tocar la dutara, se a pasó a Sufián, éste la tomó y la palpó cuidadosamente.
- Quiero tocar, yo mismo inventé una canción, mi corazón es bueno – dijo Sufián, - pero no tengo con qué pagar una dutara: no soy un hombre muy rico, vivo sólo con mi cuerpo…
Sufián vestía una antigua chaqueta de soldado, que ya quedaba sólo en jirones, casi de lado a lado, en estopa.
El dueño de la dutara, que la había hecho, le dijo a uno de sus hijos que había que cocinar el arroz y un pescado para convidar al viejo y al nuevo huésped, y suego se dirigió a Sufián:
- Es una dutara muy buena, pero no la vendo… Tú eres un hombre viejo y no pudiste comprarte una dutara, significa que has sido bueno; te pido que tomes esta dutara sin dinero, así yo me sentiré bien.
Sufián colocó la dutara sobre sus rodillas y la miró sorprendido, como a su primer patrimonio.
Después de la cena, Sufián tocó un poco la dutara y cantó sobre un pez inteligente y fuerte que nadaba en la negra y profunda tierra. Chagatayev le preguntó luego dónde se encontraba su pueblo dzhan.
- El pueblo se dispersó para vivir, Nazar – le dijo Sufián. – Antes no tenían fuerzas para alejarse, tú los alimentaste y se pusieron a andar.
- ¿Y para qué quieren andar? – se sorprendió Chagatayev. - ¡De nuevo perderán las fuerzas!
- Es necesario – respondió Sufián. – Y no es necesario quedarse, el pueblo regresara al Ust-Urt.
- ¿Y adónde fueron todos?
- No les pregunté, que cada uno lo piense por sí mismo – dijo Sufián. – Acuéstate a dormir, el tiempo pasa, no hay que vivir de noche, yo amo la luz, a mí me queda poco tiempo para verla…
A la mañana, al amanecer, Sufián tomó la dutara y se despidió del dueño de casa.
- Ven conmigo – le dijo Sufián a Chagatayev. – Ahora seré un bajshi, voy a recorrer los aúles y las kibitkas[4] y a cantar hasta que muera. Conmigo encontrarás a todo el pueblo, conmigo cantarás y comerás lo que nos den.
- Puedo inventar para ti nuevas canciones, que otros bajshi todavía no conozcan – dijo Nazar.
- Me las cantarás por el camino – dijo Sufian.
El dueño del duval les dio un churek, y Sufián y Nazar emprendieron el camino hacia Chardzhui.
19
Hasta el verano, Chagatayev y Sufian anduvieron juntos por los aúles, por los alrededores de las ciudades y por las kibitkas nómadas. Sufián tocaba la dutara para la gente y cantaba, Nazar a veces cantaba junto con él, y los dos se alimentaban y vivían en su largo camino. Pasaron por todos los oasis desde Chardzhui hasta Ashjabad, estuvieron en Bairam-Ali, en Merve, en Uch-Adzhi, se recogían en pozos y takyres[5] para pasar la noche y, finalmente, desde Ashjabad se dirigieron hacia Darvaz.
En ningún lugar encontró Chagatayev a una persona conocida de su pueblo, y su corazón ya estaba entristecido a causa del vagabundeo, de la esperanza vana, de la tristeza y del recuerdo de Xenia, Aidim y Janom. Frecuentemente le preguntaba a Sufian, como a un viejo hombre inteligente, qué podía haber ocurrido con todas las personas de dzhan, por qué no había ninguna. Sufián le contestó que uno y otro podían haber muerto, pero los restantes estarían enteros; la vida para un pueblo como el dzhan no es difícil ni curiosa una vez que ya soportó un largo tormento mortal.
- Él mismo se crea la vida que necesita – dijo Sufian, - la felicidad no se la quitarás…
En Darvaz Sufián y Nazar estuvieron tres días. Después de eso se despidieron. Sufián resolvió ir por los campamentos nómades en Gassán-Kuli, por el río Atrek, y Chagatayev decidió regresar por el camino de Jiva, y después a través del Sary-Kamysh a casa, en el Ust-Urt. Temía por la suerte de Aidim y no sabía qué habría ocurrido con Janom, la muchacha, por lo visto, infeliz y extraña para todos. Sufián y Nazar juntaron en la población y en las kibitkas vecinas uso chureks, como ofrecimiento por su música, y una mañana se separaron en direcciones distintas, ahora ya, probablemente, para siempre.
Hacía calor, pero Chagatayev estaba acostumbrado al desierto, a la resistencia, e iba de pozo en pozo, encontrando cerca de ellos, por lo general, algunas kibitkas: el desierto, pues, no era desierto, en él vive gente eternamente. En las kibitkas, Chagatayev se quedaba a pasar la noche y siempre cenaba con la familia de los nómadas bondadosos, como entre parientes. Los churek que había juntado en Darvaz los llevaba metidos entre la ropa y en el camino los comía de a poco, en pizcas, cuando estaba muy cansado, para distraerse del cansancio.
El quinto día de camino, Nazar vio la torre de Jiva y corrió para poder llegar antes de la noche oscura al bazar, antes de que el dueño de la casa de té se durmiese y cerrase la puerta de su comercio.
Por fin divisó la puerta abierta de la casa de té, estaba la luz encendida y desde allí salía un hombre hacia la plaza. Chagatayev anduvo con paso tranquilo y en la casa de té saludó a los huéspedes y al dueño con una reverencia. Luego le preguntó, indiferente, al dueño cómo se encontraba Janom.
El dueño reconoció a Chagatayev y le respondió:
- Te extrañaba mucho.
- Ya llegué – dijo Nazar.
- Hace tiempo que se fue de acá – le informó el hombre. – Ella salió a buscarte.
- ¿A dónde? – pregunto Chagatayev.
- No lo dijo. Una vez se puso a llorar, después hizo silencio.
Chagatayev sacó el último pedazo de churek de entre sus ropas y lo masticó, para que el dolor no llegase todavía a su corazón; entonces, ya no podría comer nada.
- ¿Cuánto te debo por Janom, por su alimentación? – preguntó Nazar.
- No hace falta que me pagues – dijo el dueño. – Ella me lavaba los platos, ordenaba la casa de té, trabajaba…
Chagatayev salió del comercio hacia el vacío y oscuro bazar de Jiva. La tristeza por verse privado de la pobre Janom redujo en Nazar todo su cansancio, su cuerpo de repente se sintió fuerte y caliente para luchar contra su angustia. Rápidamente anduvo por la plaza, luego salió corriendo y atravesó los límites de Jiva. Si Nazar se hubiese quedado, ya no habría podido superar su descorazonamiento, se habría puesto a llorar o habría muerto.
Chagatayev pasó toda la noche sin vómer ni descansar. Se apuró a llegar a Sary-Kamysh, en el Ust-Urt. Quería ver a Aidim lo más rápidamente posible, para tranquilizarse a su lado y ocuparse de ella, del trabajo en la casa, de la vida cotidiana… Al mediodía, Chagatayev estaba extenuado por el calor; encontró una grieta en una colina de arcilla, en la que había una sombra profunda y consistente, echó de allí unas lagartijas que dormían y se acostó a dormir hasta la tarde… Por la noche entró a los límites de la depresión de Sary-Kamysh y por primera vez en todo el camino desde Jiva bebió, de un laguito pequeño y poco profundo, un agua mala y salada. Después de pasar durmiendo nuevamente el calor del día en la quietud de un pozo húmedo, con el atardecer Chagatayev se puso de nuevo en camino, y a la mañana del día siguiente llegó al Ust-Urt. Rápidamente subió a una colina para ver lo más pronto posible las casas de arcilla de su pueblo…
Intranquilo y enflaquecido, Nazar subió corriendo por la última pendiente y se quedó perplejo y alegre. Un sol luminoso y puro, ya no tan cálido, sobre esa elevación, iluminaba la breve tierra desierta del Ust-Urt; las cuatro pequeñas casas estaban blanqueadas, del conocido caño de la cocina salía, en el aire sin viento, salía un abundante humo que olía a comida; el rebaño de ovejas. de no menos de cien cabezas, pastaba en la ladera de una montaña alejada, hacia el lado del gran barranco, y en el lado de la población, había dos viejos camellos, mascando la diferente basura que tenían alrededor para no aburrirse y no pensar en nada vanamente… Con el alma embarazosa y preocupada, Chagatayev entró en la casa donde estaba el horno, pero de la última vivienda salía Aidim con un balde vacío. En principio, ella dejó caer el balde sobre la tierra, sin embargo en seguida se acordó, levantó el balde y corrió hacia Nazar con los pies descalzos. De repente su cara se vio asustada y angustiada, apoyó la cabeza contra el hígado de Nazar y soltó el balde; Aidim temía que Nazar en seguida la dejase nuevamente y nunca regresase; ella sentía anticipadamente, antes de tiempo. Chagatayev tomó a Aidim de la mano y se fue con ella hacia el lago, él había olvidado tomar agua y lavarse. Aidim apoyó su cabeza sombre el hombro de él y comenzó a hablarle al oído, cómo ella estuvo viviendo allí, sola, durante mucho tiempo, y luego llegó Tagan con Kara-Chorm, ellos traían del desierto cuarenta ovejas y cuatro carneros; estas ovejas eran de nadie, ellas iban tras los pasos de un camello, debe ser que su dueño había muerto y el camello solo no sabía hacia dónde debía ir. Y cuando el camello vio en el desierto a Kara-Chorm, él mismo se acercó al hombre y se instaló cerca de él, y las ovejas también se instalaron alrededor de Kara-Chorm.
- No sabían dónde darles de beber – le dijo Aidim. – Encontraron hierba, pero no sabían sacar agua de los pozos… y agua exterior había muy poca…
- ¿Y el otro camello de dónde vino? – preguntó Chagatayev.
- El otro lo encontré yo mismo – respondió Aidim. – Salía a buscarte hasta la arena del desierto, pensaba que estabas cerca… Allá hay un pozo, le hicieron un maderaje de saxaúl, el camello estaba echado, con la garganta sobre el maderaje, miraba el agua en el pozo y le caía la saliva de la boca. Ya estaba débil y quería morir, yo fui a casa a buscar el balde con una soga y le di de tomar.
Nazar besó a Aidim en la mejilla, ella le sonrió y alejó su cara de él, en una primera conciencia de su doncellez. Chagatayev bajó a Aidim al suelo, porque el lago al que se dirigían ya estaba cerca.
- Voy a hacerte la comida, estás cansado y tienes hambre – dijo Aidim y corrió de regreso.
Chagatayev todavía no podía comprender qué había ocurrido allí sin él. Se lavó en el lago, arregló y limpió su ropa y fue a la casa, en el nuevo aúl. Pero el sol, que había alcanzado el mediodía, y el bochorno del alma, que había comenzado en el silencio del pie de la montaña, lo torturaban, pues el cansancio de su cuerpo había comenzado mucho tiempo atrás. Chagatayev se acostó debajo de la sombra pequeña del valle y se durmió, se olvidó de todos sus huesos deshechos.
Se despertó a la noche; el cuarto de luna brillaba sobre el desierto, el pueblo estaba sentado alrededor de él y callaba. Chagatayev no pudo recordar en seguida qué era él, y nuevamente cerró los ojos para recobrarse. Una mano cálida y grande se apoyó sobre su rostro, y Chagatayev escuchó una voz conocida, confiable, que lo llamaba.
- ¡Janom! – dijo Nazar; se sentía bien, tranquilo, lamano de la mujer era tierna y sencilla, Chagatayev ya no pensaba si se trataría de un sueño o de la realidad, pensaba sólo en Janom.
- ¡Nazar! – dijo Janom y quitó su mano de la cara de Chagatayev.
Nazar vio a Janom, que sonreía; estaba sentada sobre la tierra cerca de su cabeza y le tocaba cuidadosamente los cabellos. Junto a Janom, cerca de las piernas de Chagatayev, estaba sentados Tagan, el Viejo Vanka, Molla Cherkesov, Allah y Kara-Chorma. Todos observaban atentamente el rostro de Nazar, estaban vivos e íntegros. Sin creerlo, Chagatayev se incorporó un poco, extendió su mano y los tocó uno por uno. Detrás de ellos se sentaban personas desconocidas para Chagatayev, cinco hombres, cuatro mujeres y una niña de la edad de Aidim.
- Hola, Nazar – dijo Molla Cherkesov.
- ¿Acaso puedes verme? – le preguntó Chagatayev.
- Algo veo – respondió Cherkesov. – Ya hace tiempo que me acostumbré a mirar, pero como antes no había comida y dolía el alma, ¿de dónde se podían sacar ojos? Ahora ella cuida mis ojos, los besa, y ellos ven la luz en la penumbra…
- ¿Quién los besa? – preguntó Nazar.
- Janom – respondió Cherkesov. – Ella es mi esposa, la traje conmigo de Nukus, Janom había llegado allá desde Jiva y vivía sola en el bazar… Duerme, Aidim no te dijo que te despiertes.
- Ya me desperté – dijo Chagatayev; se sentó sobre la tierra, en medio de todos, y comprendió que todo estaba bien.
En seguida entró corriendo Aidim, que venía de las casas de arcilla, y al ver que Nazar ya se había despertado, les ordenó a todos que fuesen a comer plov[6]que había preparado para Nazar.
Janom tomó de la mano a Molla Cherkesov y entró detrás de Chagatayev, y a Nazar lo conducía de la mano Aidim. Cerca de sus viviendas, Chagatayev vio el rebaño de ovejas de la noche, unas cien cabeza con las pequeñas; dentro de un duval había tres burros, sin contar aún los dos camellos. ¿De dónde había salido esa población tan bueno y tan pequeño? Pues cuando Chagatayev se había ido de allí había, me parece, en total tres ovejas y un carnero.
Chagatayev caminó anduvo de las cuatro casas; dentro de ellas estaba limpio, las paredes blanqueadas, en una habitación vio reservas de lana y dos pequeñas alfombras tejidas ahí por las manos de las mujeres que habían llegado a vivir en el pueblo dzhan.
En la vivienda donde Aidim reunió a todos para la comida general, festiva, yacían en el suelo esteras lavadas, en cántaros de arcilla había hierba fresca de los lejanos valles altos del Ust-Urt, y en grandes fuentes había abundante plov para convidar a todo el pueblo. Alrededor del plov estaban sentados otros cinco turcomanos de edad, desconocidos para Chagatayev, casi viejos, y siete mujeres, además de las personas que estaba al lado de Nazar mientras dormía. Saludó con una inclinación a todos los de su pueblo y a todas las personas que ahora eran nuevos parientes, que habían llegado a vivir aquí una vida común. Aidim le indicó que tomara plov él primero, y después de eso todos empezaron a comer sin apurarse, comprendiendo su valor y dignidad…
El pueblo pasó toda la noche sentados, conversando unos con otros, en el placer de su amistad y de su encuentro. La lámpara brillaba en el suelo, desde el centro del círculo de personas; cada tanto alguno salía a mirar las ovejas, los burros y los camellos, y en seguida regresaba; la niña de la misma edad de Aidim dormía cerca de su madre, Aidim también dormía, apoyando su cabeza en las rodillas de Chagatayev. En el USt-Urt no se oía ningún sonido, el cuarto de luna hacía tiempo que se había deslizado por el extremo del desierto, todos los animales solitarios dormían en la arena y en las montañas, sólo de vez en cuando gritaban los burros en el duval.
- ¿Por qué nos abandonaron en el invierno? – preguntó Chagatayev a Kara Chormy y a Molla Cherkésov.
Ellos se hicieron un gesto por la confusión de algún extraño pensamiento y el Viejo Vanka le respondió.
- Pensábamos que ya no había nada en el mundo, hacía tiempo… pensábamos que nos quedaríamos solos… ¿para qué vivir entonces?
- Entonces fuimos a comprobarlo – dijo Allah. – Nos resultó interesante estar donde hay otra gente.
Chagatayev los comprendió y les preguntó si eso significaba que ya estaban convencidos de la vida y no morirían más.
- No hay que morir – dijo Cherkesov. Morirás una sola vez, y puede ser que hasta sea útil. Pero por una sola vez el hombre no comprende su felicidad, y pero una segunda vez no tendrá tiempo para morir. Por eso no hay ningún agrado en ello…
- ¿Y de dónde sacaron las ovejas, los camellos, de dónde tomaron todo ese rico bien? – preguntó nuevamente Chagatayev.
- Las ovejas las criamos – informó Tagan; y cada uno dijo, después, lo que le había tocado vivir.
Convencidos de la relidad del mundo y de su encanto, después de vivir con mujeres y de comer diversas comidas, Tagan, Allah, como todos los hombres del pueblo dzhan, se fueron a trabajar donde obtuviesen beneficio. El Viejo Vanka juntó dinero bailando en las tabernas, en las casas de té, en los bazares y en las bodas rusas. Allah partió piedras para la construcción del camino que llevaba más allá de Chardzhui, Mollah Cherkesov lavaba lana en Nukus. Comían poco – se habían desacostumbrado a causa de su vida anterior –, los pobres de las ciudades les parecían comerciantes, la ropa todavía la conservaban; por eso todos se pusieron a juntar dinero. Compraban diferentes cosas: uno una oveja, otro un burro, otro esto o lo otro, otro se casó y se iba constantemente a su casa en el Ust-Urt, porque la vida parecía posible y el nuevo aúl estaba deshabitado en la lejanía, pero esto era para ellos un bien y una vivienda natal… En el desierto – junto a los takyres, en los cauces de ríos olvidados, en las húmedas cavidades – vivían aún viejos restos extinguidos de la familia y del pueblo. Cuando la gente dzhan llevó a las ovejas y a los burros a casa y condujeron a sus esposas de la mano, se encontraron con esta gente desconocida. Allah había llevado consigo seis personas de una. Tagan y el Viejo Vanka no los llamaron, pero la gente olvidada se arrastró detrás de él para salvarse para una vida futura.
- Y ahora viven en las mismas condiciones que nosotros – dijo el Viejo Vanka a la gente extraña. – Que vivan, por el pueblo no te empobrecerás…
- No, serán ricos – dijo Chagatayev.
- Nos instalaremos, y lo seremos – estuvo de acuerdo el Viejo Vanka. – Vivíamos como muertos, vivir mejor no nos cuesta.
- Ni nos interesa – dijo Allah.
- Ojalá que nos vaya mejor, es más interesante – respondió Chagatayev. – También tendremos pena y tristeza, pero ojalá que nuestra pena no sea tan lamentable como la que teníamos, sino diferente. Nuestra pena será parecida a la pena de las lagartijas y de las tortugas.
- ¡Es verdad! – dijo de repente Janom, que callaba, dormitando.
- ¿De dónde es el pueblo de ustedes? – preguntó Chagatayev al viejo turcomano, que parecía el mayor de todos.
- Somos dzhan – respondió el viejo, y por sus palabras parecía que todos los pequeños pueblos, familias y simplemente grupos de personas que mueren constantemente, que viven en los lugares deshabitados del desierto, en el Amu-Daria y en el Ust-Urt, se llaman a sí mismos de la misma manera: dzhan. Es su apelativo común, que les fuera dado alguna vez por los ricos bai[7], porque dzhan es alma y los pobres que mueren no tienen nada excepto el alma, es decir la capacidad de sentir y sufrir. En consecuencia, la palabra “dzhan” significa una burla de los ricos hacia los pobres. Los bai pensaban que el alma era sólo desesperación, pero ellos mismos morían por dzhan, porque dzhan – capacidad de sentir, de sufrir, de pensar y de luchar – tenían poco, es la riqueza de los pobres…
El pueblo ya dormía. Janom entreabría su boca en un sueño dulce, arrimada a su marido, Molla Cherkesov. Chagatayev, para no inquietar a Aidim, que dormía con la cabeza apoyada en sus rodillas, se acomodó cuidadosamente en el lugar donde estaba sentado, y cerró los ojos en una calma alegría y sueño.
20
Hasta el final del verano Nazar Chagatayev vivió junto a su pueblo en el Ust-Urt. En el aúl, para esa época, se habían agregado tres nuevas casas de arcilla y cuatro mujeres dieron a luz. En el mes de noviembre regresaron de Jiva el Viejo Vanka y Kara-Chorma; los había enviado allá Chagatayev con un rebaño de treinta cabezas de ovejas para que entreguen al estado su lana y su carne y, con el dinero ganado, comprasen harina, arroz, sal, kerosene y otros productos, y también ropa nueva para almacenar durante todo el invierno hasta el año siguiente, cuando en la manada creciese la nueva descendencia de ovejas.
A fines de noviembre Chagatayev se despidió de su pueblo. Les dio un consejo: que eligiesen como mayor del pueblo, en lugar de él a Janom, aunque estuviese embarazada de cinco meses de un bebé de Molla Cherkesov; pero para la época que naciese podía ser que Chagatayev regresase de Moscú al Ust-Urt. El pueblo pensó un poco y estuvo de acuerdo: la mujer a menudo es mejor que el hombre, la madre es más querida o más amable que el padre.
A la niña Aidim Chagatayev la llevó consigo. Le prometió que en Moscú la entregaría para la instrucción, y cuando Aidim sea una muchacha instruida ella misma volvería a su hogar en el Ust-Urt y les enseñaría a todos los que la esperasen cómo vivir en el futuro.
Una mañana Nazar y Aidim tomaron algunos alimentos para el camino y descendieron la altura del Ust-Urt. Todo el pueblo dzhan salió a despedirlos. Bajando por la depresión de Sary-Kamysh, Chagatayev miró alrededor; el pueblo todavía estaba en la colina y lo seguía.
- Aidim, ¡mira a todos, quién falta! – dijo Nazar. – ¡Despídete!
- Yo de todos modos volveré a casa alguna vez, y entonces los veré de nuevo –respondió Aidim y no se puso a mirar hacia las personas pequeñas que se iban quedando lejos.
Tres ovejas y un carnero los siguieron durante medio día a su voluntad, después se quedaron y se perdieron en los lugares desiertos.
Desde Jiva hasta Chardzhui, Nazar y Aidim viajaron en un camión, y desde Chardzhui se dirigieron a Tashkent en tren. En Tashkent, Chagatayev pasó dos días, para informar sobre sus actividades. En el Comité Central del partido le agradecieron a Chagatayev por su trabajo, por salvar al nómade pueblo dzhan de la extinción en el delta del Amu Daria y dijeron que la gente en adelante encontraría su gran camino y no se quedarían solamente en el pequeño barranco del Ust-Urt. La felicidad siempre tiene una medida grande, se equipara con todo el socialismo.
Aidim vivía en una casa de té cerca de la estación, y sin Chagatayev no salía a la calle por temor. El segundo día, por la noche, Chagatayev tomó a Aidim de la mano y fueron a tomar el tren de Moscú. Desde la estación él le envió un telegrama a Xenia, sin saber si ella aún se acordaría de él. Aidim observaba a Nazar con asombro: se había afeitado, estaba sin barba ni bigotes y no se parecía a aquel que había andado con ella por el desierto, por ríos y montañas. Con sus manos tocó el nuevo traje que Nazar se había puesto en Tashkent y pensó qué rico que era él. Pero Nazar también compró para ella un nuevo vestido uzbeko e hizo que se cambiara en el vagón, y el viejo capote se lo guardó, por las dudas, en el bolsillo.
Chagatayev se pasó casi toda la primera noche en el tren parado junto a la ventana del corredor del vagón, observando los desiertos y estepas, divisando las escasas y lejanas hogueras de los pastores. Aidim dormía en el asiento. Cada tanto, Chagatayev le acomodaba la manta, cubriéndole de nuevo brazos y piernas cuando ella, como los niños, se desparramaba, y observaba su cabeza cuando tartamudeaba algo entre sueños, reviviendo con sufrimiento las impresiones del día.
En Moscú, en la estación, Xenia encontró a Chagatayev; estaba crecida y diferente de cuando se separaron, ya era toda una mujer. Ella vestía un tapado con un gran cuello gris y un gorro negro, en Moscú era invierno. Sus ojos de diferentes colores comenzaron a llorar cuando divisaron a Chagatayev en la muchedumbre de los pasajeros. Llegó corriendo hasta él y lo abrazó, deteniendo el movimiento de los que venían atrás. Xenia no se dio cuenta, en un principio, de que junto a Chagatayev estaba parada una niña con un largo vestido colorido de un pueblo lejano y con su mano aferraba el borde de la chaqueta de Chagatayev. Los dos estaban sin tapado, por eso Xenia, después de conocerse con Aidim, abrió su tapado y atrajo con su mano a Aidim hacia ella, arrimando su cierpo a su pecho. Xenia era el doble de grande que Aidim, pero toda ella se enrojeció a causa de la tensión. En la plaza de la estación Xenia llamó un taxi, porque Nazar y la niña tenían frío.
- ¿A dónde iremos? – preguntó Chagatayev a Xenia, él no tenía dónde ir en Moscú.
- A lo de mi mamá – respondió Xenia. – Yo reservé su habitación para ustedes.
En el automóvil, Xenia estaba sentada con la cara roja, como si se avergonzase de algo, o quizás era a causa de su juventud, cuando la vida a causa del placer parece una deshonra.
El automóvil se detuvo. Xenia entregó a Chagatayev la llave y le pidió que fuese a visitarla el día siguiente.
- Sólo que ahora tengo otra dirección – dijo ella. – Vivo sola, tu telegrama me lo envió mi abuela.
Ella le dio su dirección en una hoja de su cuaderno y se despidieron. Chagatayev entró en la nueva casa conocida, Aidim no soltaba su mano. No tenían ningún equipaje.
En la gran habitación, de la que habían sacado los muebles pequeños de Vera, Chagatayev se sentó en la cama sin desvestirse, luego apoyó su cabeza encima de una manta; el viejo, eterno olor de Vera todavía se conservaba en su cama. Chagatayev respiró ese olor, pensaba y dormitaba. Aidim se sentó con las piernas en el alféizar y desde allí observaba la gran Moscú.
A la mañana del día siguiente, Chagatayev fue a hacer compras con Aidim, le compró un chaleco y una pollera europeos y dos tapados, uno para él y uno para ella. Aidim cambió en seguida con su nueva ropa: Chagatayev vio que era hermosa.
A la tarde fueron a visitar a Xenia. Tuvieron que viajar lejos, hasta las profundidades de Zamoskvorechie. Después de viajar en tranvía, Chagatayev y Aidim tuvieron que caminar bastante, y finalmente encontraron que la dirección que le había escrito correspondía a una residencia de estudiantes del instituto tecnológico del carbón. Se veía que en ese instituto tecnológico estudiaba Xenia.
En la residencia, como muchas muchachas, ella tenía una habitación separada. Chagatayev golpeó a la puerta, y como la pared entre las habitaciones y el corredor era delgada, tres muchachas respondieron al mismo tiempo “Entre”, entre ellas la voz de Xenia.
Ella abrió la puerta, y en seguida una sensación de inquietud llenó su rostro con un excesivo rubor. Sobre la mesa había preparado un tímido convite, cubierto con un mantel. Xenia hizo sentar a la visita, quitó el mantel con los entremeses y les dijo que probasen su comida, pero de las manos se le cayeron al suelo los tenedores, las cucharas y los cuchillos; encima, enganchó el vino tinto suelto, vertido en una botella de aceite o, quizás, de kerosene, y el vino se derramó sobre la mesa echándose a perder. Xenia salió corriendo al pasillo, se escondió en el baño y ahí comenzó a llorar por la vergüenza lamentable que sentía. Sin ella, Aidim puso todo en orden e incluso juntó en la botella el vino derramado sobre la mesa de modo que pudo recuperar un cuarto de la cantidad anterior. Xenia regresó con dos círculos negros debajo de los ojos y les pidió que comiesen lo que había comprado y cocinado; no sabía qué más decir. No podía explicar por qué a veces le daba vergüenza estar viva y le resulta triste sentirse una mujer, un ser humano, desear la felicidad y el placer, incluso estando sola, por esta conciencia ocultaba el rostro entre las manos y sus mejillas se enrojecerían.
Comiendo el convite por cortesía, Chagatayev y Aidim se despidieron de la anfitriona. Chagatayev prometió que regresaría en pocos días.
Pero se vieron antes, la tarde siguiente Xenia fue a la casa de Chagatayev. Quería ayudar a Aidim como una mujer mayor a una joven. Xenia la llevó a los baños, de los baños fueron a patinar en subte y regresaron a casa tarde.
El día de descanso, Xenia llegó a la mañana y llevó varias piezas de ropa interior que le quedaban chicas y para Aidim irían bien. Ese día fueron los tres juntos a almorzar a un restaurante, después pasearon, fueron al cine y regresaron a la noche. Aidim se echó en la cama de la madre de Xenia y en seguida se quedó dormida. Chagatayev y Xenia se sentaron enfrente de la muchacha que dormía en un pequeño diván; callados, miraban a Aidim, miraban su cara, donde todavía estaban los rasgos de la infancia, del sufrimiento y de la preocupación, y la clara expresión de su fuerza que maduraba superior, que había hecho esos rasgos ya insignificantes y débiles. Chagatayev tomó la mano de Xenia en las suyas y sintió el latido acelerado de su corazón, como si su alma deseara abrirse paso hacia él para ayudarlo. Chagatayev ahora estaba convencido de que la ayuda sólo le vendría de otra persona.



[1] gorro caucasiano de piel de cordero.
[2] Moneda de 5 kopeks.
[3] Duna en forma de media luna.
[4] Tiendas de campaña de los pueblos nómades de Asia Central.
[5] Forma de relieve formada en suelos salitrosos.
[6] comida a base de arroz y carne.
[7] nombre de un pueblo, minoría étnica de China.

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